Mañana empieza…
(Y no me lo creo del todo)
Cuando leas este artículo, probablemente ya estaré de camino o con los viajeros o habré vuelto de ese viaje que tanto te he contado, que tanto me importa, que he cuidado hasta el más mínimo detalle.
Mañana a las 10 de la mañana me subo al coche y conduzco hasta Trujillo.
Cuatro días. Un hotel que encontré hace meses — y que conozco desde hace años — del que al verlo supe que era ese. No cupo duda. Un grupo de personas que no conozco del todo pero que en unos días conoceré mucho. El primer viaje que organizo. El primero.
(Bueno… el primero profesionalmente, porque llevo años haciendo esto en el ámbito personal con familia y amigos 😅).
Y llevo toda la semana con una extraña sensación.
Creo que no son nervios. O sí. No lo sé. Es algo más parecido a cuando eras pequeña la noche antes de algo importante y no podías dormir. Creo que es… expectación.
Sí. Expectación. Pero mezclada con esa típica pregunta que todos solemos hacernos en estas primeras veces: ¿y si he olvidado algo?
(Spoiler: seguro que he olvidado algo. Siempre hay algo que se olvida. Pero bueno).
Esa foto de octubre de 2021
Esta mañana he releído el artículo de la semana pasada y me he quedado embobada mirando esa foto. La de ese islote que me devolvió la vida en medio del ruido. Y he vuelto a revivir esa sensación que no se me sale del cuerpo.
Yo sentada mirando al mar. Los bucles mentales diluyéndose por momentos. La primera vez en no sé cuántos años que me dije “me voy dos días” y me fui de verdad, aun con cosas esperándome a la vuelta. Con vergüenza y todo, pero me fui.
Me he quedado en ese momento un rato largo.
En aquel entonces yo solo necesitaba parar. No estaba pensando en nada más. No había plan. No había “esto algún día será algo”. Solo había cansancio acumulado, culpa por parar, y una necesidad física de dejar de estar disponible — aunque fuera 48 horas.
Volví de ese viaje diciendo “tengo que volver”. Pero se me escapaba algo, no se trataba solo del lugar.
Lo que no sabía entonces es que cuatro años y medio después estaría organizando algo parecido para otras personas.
(La vida es rara a veces, ¿no?)
Lo que no me esperaba
Pensé que lo difícil iba a ser la logística.
El hotel. Las comidas. Qué hacemos cada día. A qué hora salimos. Dónde paramos. Los proveedores. Qué pasa si alguien tiene alguna alergia que no me ha dicho. Si llueve. Si hace demasiado calor. Si el GPS se pone tonto y nos lleva por una carretera imposible.
Todo eso lo he pensado. Y lo he repensado. Y lo he vuelto a pensar a las tres de la madrugada cuando no podía dormir.
Pero lo que de verdad me quita el sueño no es eso.
Es otra cosa.
Es pensar en la persona que mañana se va a subir a su coche (o a su tren, o a su bus) para venir. Que ha reservado cuatro días. Que ha dicho “me voy” en su trabajo, en su casa, en su vida. Que posiblemente haya tenido que justificarlo, o que no lo haya justificado pero por dentro se esté sintiendo rara por irse.
Que confía en que esto le va a servir.
Y yo aquí, con la responsabilidad de que así sea.
(Aunque también sé que no puedo garantizar nada. Que cada uno viene con lo suyo. Y que es un proceso en sí mismo. Que yo solo puedo crear el espacio, pero lo que pase dentro de ese espacio ya no depende de mí).
Las preguntas que te asaltan de madrugada
¿Y si no desconectan?
¿Y si se aburren?
¿Y si el grupo no conecta?
¿Y si alguno viene esperando algo que yo no voy a darle porque ni siquiera sé lo que espera?
¿Y si vuelven igual que como vinieron?
Ya sé que son preguntas absurdas. Que no tiene sentido darles vueltas. Que he cuidado cada detalle. Que el hotel es precioso, la comida no va a defraudar, el sitio es especial, y el grupo — aunque no los conozco bien todavía — confío en que va a ser excepcional, porque las personas que se apuntan a algo así y manifiestan esa ilusión suelen ser personas que entienden.
Pero igual las hago.
Porque cuando algo te importa de verdad, los nervios no son racionales.
Lo que sí sé
Sé que yo volví de ese primer viaje con permiso propio diferente.
No radicalmente distinta. No iluminada. No con todas las respuestas.
Pero sí con algo recolocado dentro. Con ganas de llegar al lunes. Con la sensación de que algo se había aflojado en el pecho. Con la certeza de que las pequeñas pausas — esas que nos negamos constantemente — son las que nos devuelven al camino.
Y sé que después he vuelto a necesitar parar mil veces más. Que esto no es algo que haces una vez y ya está. Que es algo que hay que practicar. Que yo misma sigo aprendiendo.
Pero también sé que ese octubre de 2021 fue el punto de inflexión.
Que todo lo que vino después — México, la excedencia, Date un Minuto, este viaje, de otros tantos — empezó ahí. En esa foto. En ese momento de decir “me voy, aunque me dé vergüenza decirlo”.
Y si este viaje puede ser eso para alguien — el punto de inflexión, el momento de “¿por qué no lo he hecho antes?”, la semilla que tardará años en germinar pero que algún día será algo — entonces vale la pena.
Mañana
Mañana a las 10 me subo al coche.
He hecho la maleta tres veces. He repasado el itinerario otras tantas. He mirado el tiempo. He comprobado que tengo todos los contactos precisos guardados. He revisado la lista de cosas pendientes.
Y ahora solo queda una cosa.
Respirar.
Confiar.
Disfrutar.
(Y acordarme de estar presente, que es lo que siempre predico y lo primero que se me olvida cuando los nervios hacen su aparición en escena).
Este viaje ya está hecho. El grupo, formado. Las plazas, cerradas. Mañana empieza todo.
(Parece que me lo tenga que repetir para creer que ya es real).
Y dentro de cuatro días sabré si los nervios de hoy tenían sentido o si, como suele pasar, eran solo ruido de fondo.
Ese ruido que aparece cuando algo es verdaderamente importante o supone un gran cambio.
Pero ahora mismo, la noche antes, con la maleta hecha y todo programado, lo único que siento es esto:
Gratitud.
Por aquella Isabel de octubre de 2021 que se dio permiso, aunque le diera vergüenza.
Por las personas que mañana van a venir confiando en que esto puede ser para ellas lo que aquello fue para mí.
Y por este momento. Justo este. El de no saber todavía cómo va a salir, pero hacerlo de todas formas.
Si has organizado algo por primera vez — un viaje, un taller, lo que sea — y has sentido esto mismo, déjame un comentario. Que me vendría bien saber que no soy la única a la que le da vértigo hacer cosas que importan.
Nada más por hoy.
Me encantará leeros.
Un abrazo con presencia,
Isabel 🙃



Mucha suerte! Seguro que todo va genial. Me ha tocado mucho en cuanto he visto Trujillo... cuantos recuerdos... estuve alli de muy jovencita y me encantó. Cuantas peripécias en pocos días! Lo dicho mucha suerte y a disfrutar del momento ❤️
Mucha suerte.
Me recuerda un poco al viaje de la iluminación de Siddhartha Gautama antes de ser Buda.